Cuando el juego lo cambió todo

Cuando el juego lo cambió todo

Cómo jugar con mi hijo TEA transformó nuestra forma de crear

Nunca imaginé que sentarme a jugar en el piso con mi hijo iba a cambiar no solo nuestra forma de vincularnos, sino también mi manera de mirar el mundo.

 

Al principio, el juego no era “juego” como lo conocía.

 

No había turnos claros, ni reglas que se respetaran, ni finales cerrados.

Había repeticiones, silencios, movimientos inesperados, tiempos propios.

Había frustración, cansancio… y también momentos de conexión profunda que no se parecían a nada que hubiera vivido antes. Mi hijo está dentro del espectro autista.

Y jugar con él me obligó —con amor y a veces a los golpes— a soltar la idea de que jugar es hacer todos lo mismo, al mismo ritmo y de la misma manera.

Jugar no es adaptarse al otro. Es encontrarse en el medio.

Con el tiempo entendí algo clave: no se trataba de “enseñarle a jugar”, sino de aprender a jugar con él.

El juego dejó de ser una actividad para convertirse en un lenguaje.

Un espacio donde no había errores, donde no hacía falta explicar todo, donde cada quien podía participar desde donde estaba.

Ahí apareció una pregunta que me acompaña hasta hoy:

¿por qué la mayoría de los juegos están pensados para que alguien quede afuera?

Cuando el juego excluye, no es juego.

Muchos juegos tradicionales parten de supuestos invisibles:

  • que todos procesamos la información igual
  • que todos toleramos el mismo nivel de estímulo
  • que todos entendemos las consignas de la misma forma
  • que perder no duele
  • que ganar es lo importante

Pero cuando jugás con una persona neurodivergente, esos supuestos se caen.

Y cuando se caen, aparece algo mucho más interesante:

la posibilidad de crear juegos donde convivir sea más importante que competir.

Así nacieron nuestros juegos

Chinela no nació en una oficina ni de una estrategia de mercado.

Nació en el piso de casa, probando, errando, sacando reglas, agregando opciones, escuchando lo que pasaba cuando alguien no quería jugar más, cuando alguien necesitaba otra forma de participar, cuando el cuerpo pedía pausa.

Nuestros juegos están pensados para que:

  • no haya una sola forma correcta de jugar
  • las reglas puedan adaptarse sin “romper” el juego
  • el ritmo lo marque el grupo
  • el error no sea penalizado
  • jugar sea una experiencia compartida, no una competencia constante

Diseñamos juegos para personas autistas, neurodiversas y neurotípicas juntas, no en cajas separadas.

Porque la inclusión real no es un apartado especial: es un diseño pensado desde el inicio.

Jugar también educa (aunque no lo diga)

En el juego aparecen la espera, el turno, la frustración, la emoción, la palabra, el cuerpo.

Pero aparecen sin obligación, sin corrección constante, sin premio ni castigo.

Y eso es poderoso.

He visto familias reencontrarse alrededor de una mesa.

Adultos permitirse jugar sin miedo a “hacerlo mal”.

Niños brillar cuando el juego deja de exigirles lo que no pueden dar y empieza a valorar lo que sí.

Esto no es solo sobre juegos
Es sobre cómo queremos convivir.
Sobre si estamos dispuestos a ceder un poco de control para que nadie quede afuera.

Sobre entender que la diversidad no se tolera: se diseña con ella.

El juego con mi hijo me cambió la forma de maternar, de enseñar, de crear y de emprender.

Y cada juego que hacemos lleva un poco de esa historia.

Porque cuando el juego es verdadero, no enseña a ganar: enseña a estar juntos.

Naty✨

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